El mar estaba en sus palabras.
Alineadas con perfección y dignidad
sobre un renglón de soledad.
Escribía con cuchillo:
siete octavos sumergidos en la carne.
Cortaba lo falso.
Dejaba lo auténtico.
Sus frases tenían dientes.
Sus enunciados eran breves.
Sus verdades, inmensas.
Decía poco.
Pero su “poco” contenía todo.
Escribir con verdad
es pegarle un tiro al ego.
Es descarnarse hasta el hueso.
Es mirarse sin espejo.
Es no tener miedo al silencio.
Es ser valiente, por escribir lo justo.
Hoy me acompaña;
su cráneo bebe whisky conmigo,
su esqueleto mete la mano en mi alma
y levanta un poema.
Nunca estás solo
si sigues la verdad y la belleza.
Ellas son el espacio
entre las palabras honestas.
La verdad es como el cosmos:
ella cabe en una frase corta
y él, en el espacio de la mente.
¿No es bello eso?
*F
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